El Agujetas

El Agujetas, flamenco es un cantaor y un ‘tocaor’

Si se mordiera la lengua, es posible que surgiera un manantial de sangre purísima; por eso, sus verdades se volvieron alguna vez contra él, un ser aparte, un genio incontaminado que inquieta y que en sus inicios no caía bien ni a sus palmeros

JAVIER VILLÁN Actualizado: 12/08/2014 04:21 horas

En un terreno, el jondo, donde los malditos no existen, sino solo víctimas y excluidos, El Agujetas podría ser un raro ser que se aproximara a esta naturaleza. Cuando lo conocí en persona ignoro qué recuerdo con más perplejidad; si la sacudida selvática de su cante o la turbación que me produjo un hombre herido sin remedio. Con Agujetas me ocurría lo contrario de lo que me pasaba con Terremoto, un hombre de inocencia y bondad. Agujetas inquieta; Fernando conmueve. En los primeros 70, tenía yo una idea de la existencia resultante de dos principios enfrentados; el del mal y el del bien. Por razones que nunca descifré, tendía a extrapolar esa bipolaridad a algunos palos raíces del cante. Atendía más, creo yo, al signo maldito de algunos intérpretes del jazz, más canalla y más autodestructor que el flamenco.

Trataba de formular una idea de malditismo ligada a los abismos; los sonidos negros de Manuel Torre, el sabor a sangre en la boca de Tía Anica la Piriñaca. Buscaba un Rimbaud con palmeros y guitarra sin percatarme de que en el jondo no hay malditismo, sino instinto de sufrimiento macerado por los siglos. El que más me atraía era Fernando Terremoto, pero Fernando era un bendito sin maldad. El Agujetas, hijo de Agujetas el Viejo, era el modelo; por puro e incontaminado. Y por palabrón maldiciente.

Cuando se anima a hablar, Manuel saca a pasear todos sus demonios.
Yo creo que, por entonces, el Agujetas no caía bien ni a sus palmeros; era un ser aparte nacido de un apareamiento inconcluso entre una petenera, una bulería y un martinete; un hombre al que, por un lado, se tuviera miedo escuchar porque cantaba con todo el cuerpo; y por otro, un cantaor cuyo silencio se temiera como se teme perder los fundamentos de una religión: el silencio de un dios raro y su pureza misteriosa. Inquietaban sus resplandores del cante y las oscuridades de su vida. Los sonidos se anunciaban como el retumbar lejano de una tormenta que se va acercando despacio. Poco conocido fuera de Jerez, le anunciaban por donde fuere su maledicencia, las pedradas verbales de lo que él llamaba y sigue llamando su verdad. Muchas de esas verdades se volvieron contra él dejándole ese rostro tallado, entre indio, negro y gitano sin amigos, hombre de la caverna. Tanto más, cuando no tenía el soporte de la fama que tiene ahora ni la autoridad le llegaba más allá de la taberna del barrio. Y sin embargo, en algún lugar de su espíritu debe de albergar algún fuego de melancolía y ternura. ¿Cómo sobrevivir si no? “No me perdonan nada de lo que hago, pero sé que soy el mejor después de mi padre”.

En consecuencia, no se corta un pelo, como si fuera una deidad maldita de la fragua de cuyas quemaduras aprendió el martinete y el quejío. Pero no sólo es cuestión de fragua, palabra; es otra cosa lo del lamento y la iracundia y el sollozo. Mi padre era herrero, yo le daba al fuelle y le preparaba los hierros y nunca aprendí a cantar. Claro que mi padre tampoco era Agujetas el Viejo. Cuando Agujetas el Joven aparece en un festival o en un teatro, cuando un periodista le mete los dedos en la boca o un grupo de amigos le anima a que hable o cante, no se muerde la lengua y saca a pasear todos sus demonios. Si se mordiera la lengua es posible que de ella surgiera un manantial de sangre purísima, empozoñada de tan pura, porque el cante duele y para cantar es necesario el dolor: ensoñación o pesadilla, nunca sueño. Así es como he visto siempre el cante de Agujetas.

“No me perdonan nada de lo que hago pero sé que soy el mejor tras mi padre”
Su credo está muy claro: “El flamenco fusión es una mierda, creyeron que iba a ser un filón y ha sido un filón de mierda. Pero no quiero hablar y yo lo único que digo es que no se puede triunfar con unas canciones de nada, bobadas con timbales y violines”. Y luego suelta aquello que define la esencia del jondo, una verdad como un templo: “Flamenco es un cantaor y un tocaor. No voy a mentir a nadie para no crearme enemistades, pero hay un hatajo de ignorantes que está llevando al cante a un callejón sin salida”.

Lo conocí una noche de cabales en Gayango, la taberna al lado de Villa Rosa, infectada, decían, de confidentes de la Policía. Menuda fuente de información -gitanos y borrachos- para los ‘maderos’ de la DGS, si es que de verdad había alguno, tan cerquita la Puerta del Sol. Para la hora de los cabales no había filiaciones políticas o policiales, sino amistad con el tabernero. Los orígenes incontaminados era la base de un discurso monocorde cuya grandeza sólo se manifestaba cantando.

Y en los cantes sin guitarra más. En esos melismas, para que hubiera flamenco verdadero sobraba también el ‘tocaor’. Noche aciaga y grande con el Agujetas; hacía pocos días que acababa de tener su hijo numero no sé cuántos o al menos eso decía él; “Y ya he vuelto a preñar a mi mujer… ¿Qué es eso de la cuarentena? Al día siguiente de parir, yo ya estoy metiendo y empujando”. Fue ahí cuando dos chicas guapísimas, asustadas más que arrinconadas por el Agujetas en el sótano de Gayango, salieron corriendo hasta el Retiro para refugiarse tras el monumento al maligno. Y cuando Pepe de la Matrona, consternado, afirmó aquello de la animalidad de algunos genios del cante. En un terreno, el jondo, donde los malditos no existen, sino solo víctimas y excluidos, El Agujetas podría ser un raro ser que se aproximara a esta naturaleza.

Source: www.elmundo.es

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