Festival Mairena

La Cañeta de Málaga pone en pie a Mairena

Moverse entre las butacas del Festival de Cante Jondo Antonio Mairena es como hacer un curso intensivo sobre el maestro y su legado. En su 53 edición, y pese a las dificultades por recuperar la altura que alcanzó el evento en los años de vida de su mentor, los aficionados siguen manteniendo viva una escuela en la que no hay lugar para aplausos díscolos.

Es decir, hasta los niños de carrito aplauden en Mairena del Alcor lo que hay que aplaudir y no le costará trabajo adivinar frente a qué cantaores se oirá desde el patio de butacas comentarios “al siete por medio”, como bien definía el musicólogo Faustino Núñez esta semana en las redes sociales, o elogios apasionados.

Claro que, en Mairena, como quedó patente el viernes en el concurso donde resultó ganador el sevillano Rubio de Pruna y el sábado en la gala de clausura, el flamenco se siente y se padece. Se ama, se contagia, se estudia, se aprende y se defiende. A pesar de que algunos argumentos se repitan cada dos por tres, más que cada tres por cuatro.

Daba gusto ver cómo se mantenía el entusiasmo durante las más de cinco horas de festival y el respeto que mostró el público a los artistas que fueron pasando por el escenario.  Incluso aunque gran parte de ellos no tuvieran su mejor noche.

Cancanilla de Marbella fue el primero en salir y quizás por eso acabó resultando frío en gran parte de los palos que interpretó junto al guitarrista Chaparro de Málaga. Le siguió Tía Juana la del Pipa -acompañada de Diego del Morao- que, aunque defendió su doliente voz primitiva y su cante sangriento, no resultó brillante.

Tampoco El Pele alcanzó el duende esa noche. Al cordobés lo disfrutamos en sus dulces y templadas alegrías y, sobre todo, en su provocadoras zambras caracoleras con las que inició el recital. Había quien hacía aspavientos en la silla por la imposibilidad de identificar el palo con el que remataba el cante el siempre creativo Manuel Moreno. Imaginamos que lo mismo pensarían de la personal y flamenquísima guitarra del gran Manuel Silveria.

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El Pele junto al guitarrista Manuel Silveria. Foto: Ana Somoza.

Después del homenaje a Luis Soler y casi una hora de descanso sobre cielo encapotado, le tocó el turno al baile de Juan José Jaén ‘El Junco’. El gaditano se ganó los oles con unas soleares por bulerías en las que mostró su naturalidad y su torería sobre las tablas.

Menos mal que resistimos el frío porque tras él llegó la que daría -o más bien quitaría- el sentido a la noche. Cañeta de Málaga se metió al público en el bolsillo desde que salió recordando a Mairena para darle las gracias por haberla ayudado desde el principio y por haberse llevado a su marido José Salazar a grabar “cuando nadie lo hacía”. Después pidió bajar focos “para no pagar tanto en factura”, dijo. Luego averiguamos que la luz la iba a subir su arte.

Cañeta hizo y deshizo; ordenó, mandó, paró el compás y lo recogió conforme a su antojo. Se acordó de los tangos y las bulerías de su madre La Pirula y del Piyayo y luego, se inventó lo demás como le dio la gana. Daba igual lo que dijera porque estaba sembrá y porque, con sus casi ochenta años, se dejó no sólo el alma sino también los pies, las caderas y la espalda por todos nosotros. Derrochó gracia, simpatía, arte y, además, dio una lección de inteligencia emocional que más quisiera Bucay. Por eso, puso al público en pie y fue la estrella de la noche o la “mejón”, como definió ella al de Mairena.

El encargado de cerrar el cartel fue el esperadísimo Manuel Cástulo, siempre querido en su tierra y ahora avalado por el premio del Concurso Nacional de Córdoba y por un estupendo disco con preciosas letras de Pedro Madroñal que todo aficionado debería tener en su discografía. Este mairenero de voz clara y limpia hizo un estupendo recital de flamenco cabal junto al guitarrista Niño Elías en el que nuevamente dejó ver todo lo que bueno que le queda por delante. A la ronda de tonás con el resto de artistas, desgraciadamente, no llegamos…

Source: www.cordobaflamenca.com

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