Sector cultural

La cultura sin lo público no tiene futuro

Sé que el planteamiento de este artículo no tiene nada de nuevo ni de original. Muchos han expresado ya el núcleo argumental de lo que vengo a contar, pero ni yo ni el medio que dirijo, ElClubExpress, nos habíamos posicionado tanto hasta la fecha. Y ya va siendo hora, seis años después de comenzar la caída libre que ha supuesto la crisis económica. Seis años en los que hemos sufrido un constante reguero de falacias disparadas indiscriminadamente, mayoritariamente desde dentro, y con unas buenas intenciones nacidas de la confusión, con las que se ha desestabilizado y mermado el sector cultural, poniendo en jaque su posicionamiento social e incluso las bases más intrínsecas a su propio ser. Estos dañinos argumentos, desde replantear la cultura como algo accesorio a considerar el sector cultural como un sistema empresarialmente inmaduro y parasitario de la administración, también han estado cerca de hacernos olvidar un fundamento básico: que la cultura, sin lo público, no tiene futuro.

No podemos trabajar y pensar como antes de la crisis, pero no podemos olvidar tampoco algunos principios básicos como la importancia de la cultura para la sociedad y la necesidad del apoyo público

Por situarnos en contexto, puedo comentar que hace casi quince años que comenzó la andadura de Noletia como pequeña empresa cultural. O sea, como profesionales y como empresa no somos ni “históricos” -no nos dio tiempo a acostumbrarnos al sistema cultural, social y económico establecido con la democracia ni a estructurar la empresa a esa realidad- ni “nuevos”, es decir, tampoco hemos nacido bajo los parámetros de la crisis. Sociológicamente pertenecemos a una generación que entendemos como perdida o, al menos, damnificada, y acostumbramos a pasar por el barrio de toda la vida de nuestros amigos treintañeros, ya que siguen viviendo con sus padres, a hacer turismo en los países en los que viven los miembros más brillantes de la pandilla de toda la vida o a visitar a nuestros compañeros de facultad en los bares donde sirven cañas, una vez que ya han decidido dejar de plantearse si alguna vez trabajarán “de lo suyo”. O sea, sabemos que todo, en general, está muy mal.

Por edad y circunstancias, habiendo asumido responsabilidades desde muy jóvenes, habiendo sufrido de primera mano el significado de “preferentes”, “cláusula suelo” o la no renovación de pólizas de crédito, hemos vivido más o menos este proceso: primero no nos lo creímos; luego nos dimos cuenta demasiado tarde y tuvimos que tomar decisiones dolorosas, perdiendo equipos humanos y proyectos y manteniendo deudas y cargas; después quisimos cambiar radicalmente de forma de pensar y de hacer; las urgencias, las necesidades y el caos reinante nos llevó a abrazar nuevos planteamientos radicalmente opuestos a los que eran habituales; finalmente nos distanciamos de nuestra propia identidad, nos neoliberalizamos, compramos los nuevos discursos, quisimos hacer las cosas de forma completamente diferente, nos negamos a nosotros mismos tres y mil veces; lo intentamos para, por último, volver al punto de partida… Pero con importantes matices.

Muchos de los “nuevos parámetros” nos han llevado a la precarización, la atomización, la irregularidad y la anormalidad

Quiero pensar que muchos de los compañeros de sector han vivido, o están viviendo, un proceso similar, que les ha llevado desde la negación de que algo iba a cambiar (en 2007-2008 solo los derrotistas y catastrofistas preveían el más mínimo cambio real) al cambio completo de su forma de hacer y de pensar, aturdidos en gran medida por las distintas bofetadas recibidas, para terminar aquí y ahora, replanteando si realmente era necesario abandonar estas ideas básicas sobre la cultura y nuestro trabajo o si, incluso, todo el “nuevo paradigma” de independencia económica respecto a la administración es realmente viable. Porque no lo es. O, al menos, muy pocos, y nosotros no estamos entre ellos, han encontrado la manera de que lo sea.

AQUÍ NADIE HABLA DE NO CAMBIAR NADA

En este proceso que dura apenas seis años no creo que quede prácticamente ninguna estructura institucional, empresarial o artística en el ámbito de la cultura que trabaje de una forma exactamente igual a la de antes. Casi todos estamos trabajando en proyectos nuevos, hemos aprendido a hacer más con menos, a rediseñar las relaciones laborales, a pensar en objetivos de todo tipo, a despojarnos de lo accesorio. Pero la cuestión es el grado de profundidad que se exige en el cambio, esa sensación de “¿qué más queréis de nosotros?”. Es la misma sensación que puede tener un gestor cultural (o un diseñador gráfico, me da igual) que ha regalado ya su trabajo seis veces en dos años “para dejarse ver”, o una compañía teatral que ya ha hecho tres giras a pelo y a taquilla con las que a duras penas ha podido cubrir la gasolina y los bocadillos. O la sensación que puede tener un técnico de cultura de un ayuntamiento, al que le recortan salario, le sitúan el presupuesto para contratación de espectáculos en cero, le ponen tasas al teatro municipal por si algún artista temerario quiere usarlo y le exigen contenidos y resultados. “Qué quieren, ¿que me ponga yo a actuar?”, escuchaba hace apenas unos días.

Después de intentar todo tipo de experimentos, el sector cultural está preparado para recomenzar

Vamos sabiendo poco a poco de qué ha servido o está sirviendo la crisis. En enero un estudio revelaba que sólo 3 de cada 10 actores trabajaba con una regularidad que le permita vivir de su trabajo sin ayudas o trabajos externos. En estos días el convenio entre empresas teatrales y artistas en la Comunidad de Madrid ha sido revisado a la baja. El IVA cultural al 21% hace que se recaude menos que antes, con una pérdida aproximada del 30% de los espectadores en artes escénicas, cine y música y una subida -no reflejada en ninguna estadística- de la actividad no declarada. Las producciones artísticas son más pequeñas y la movilidad es menor.

Pero, ¿de qué ha servido o están sirviendo la minuciosa búsqueda para “hacer las cosas diferentes”? Hace poco hablaba con un asistente a unas charlas sobre esa cultura aparentemente nueva, protagonizada por distintos impulsores de iniciativas de nueva mentalidad, mayoritariamente espacios culturales emergentes de  nuevo concepto, a los que sin duda hay que aplaudir por su arrojo. “Sí, todo muy interesante, pero resulta que todos viven de vender botellines”, fue su respuesta. He aquí el problema: no podemos trabajar como antes, es obvio, pero lo “radicalmente diferente”, como puede ser no solo asumir que la administración haya abandonado a la cultura, sino incluso reivindicar que así ha de ser, solo nos lleva a la precarización, a la miseria, a la autoexplotación, a creer que estamos invirtiendo trabajo cuando solo lo estamos regalando, a vivir de otra cosa, a no profesionalizar el sector, a la irregularidad, a la imposibilidad de evolución y crecimiento cultural y, por tanto, social, a la anormalidad. Si los que nos dedicamos a la cultura queremos aspirar a cierta normalidad, ejemplificada en una serie de comidas calientes al día, la opción de tener una familia, pagar un sitio en el que vivir y en el que trabajar, estar dados de alta en la seguridad social, etc., solo quedan tres alternativas: reclamar el regreso de los recursos públicos a la cultura, abandonarnos a la cultura comercial o ser la excepción, que las hay, de aquellos pocos que sí han sido capaces de encontrar una fórmula mágica y ser completamente independientes. Pero esa excepción es lo que es, excepcional, y no han de confundirse los casos de éxito puntuales con la generalidad de un sector a la deriva. Como diría Spock en Star Trek, las posibilidades de éxito desde los “nuevos parámetros” son tan escasas que resulta más lógico no lanzarse.

Lo que se le ha hecho a la cultura es innecesario, cruel y contraproducente para todos

Tal vez estamos en un momento crucial, en el que empezar por fin a asentar un futuro. Ya hemos usado mucha gaseosa para hacer experimentos y sabemos que en ellos está parte del camino, tal vez los zapatos, pero no son el camino. Es posible que hayamos superado esa primera fase de aturdimiento general, esa espantada por pánico que casi nos deja sin sector. Las asociaciones profesionales tal vez sean el principal termómetro, tan golpeadas hasta rozar la desaparición o, cuando menos, la inactividad, y que ahora vuelven a resonar, a razón de comunicado, manifiesto o acto por semana. La sociedad va despertándose de la anestesia y el mensaje empieza a calar de nuevo. De un momento en el que casi había que pedir perdón por reclamar atenciones al sector cultural hemos pasado a la certeza de que lo que se le ha hecho a la cultura es innecesario, cruel y contraproducente para todos. Es hora de recomenzar.

Empezaba con una breve referencia autobiográfica y termino igual. Después de haber cerrado dos revistas (LaTeatral y LaExpress) y de haber intentado una y mil cosas bajo el nuevo paraguas económico -entre otras este medio cultural que estás leyendo-, creo que hemos aprendido a no repetir errores, que los cometeremos, seguro, pero menos. Esas dos revistas en nueve años obtuvieron dos subvenciones que significaron aproximadamente un 2%  del coste total, por si alguien confunde aún subvención con presencia de la administración en la cultura como parte fundamental del motor. Subvenciones no teníamos, pero veíamos desde nuestra posición cómo las piezas se movían en gran medida gracias al músculo público, ya que nuestro ingreso único, la publicidad, llegaba de compañías que a su vez tenían giras y bolos a caché con la administración o festivales de gestión privada apoyados desde tal ayuntamiento o proyectos públicos con necesidad de difusión. Entre las cosas que hemos aprendido está el saber que ya no solo se trata de dinero, porque la administración también cuenta con otro tipo de recursos en infraestructuras, equipo humano, comunicación o reglamentación. Pero también se trata de dinero.La crisis ha llevado a la cultura a todo tipo de experimentos, pero estas nuevas formas han llevado a la precarización y extinción. Hay principios básicos..

Source: elclubexpress.com

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