La Edad de Oro

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DOS ARTISTAS EN UNO

Israel Galván tiene un amigo imaginario con el que danza y dialoga durante toda la velada

De muy importante en su trayectoria puede calificarse esta obra, La edad de oro, que ahora cumple 10 años y demuestra el lugar que ocupa en el catálogo personal de Israel Galván, figura comprometida con la renovación del baile escénico flamenco actual y muy influyente en toda una generación de artistas de esta especialidad. Puede entenderse que La edad de oro es el decálogo sobre el que este artista ha madurado espléndidamente.
La edad de oro, desde su estreno, ha conciliado a críticos y público, a la profesión y hasta a los enteraos, esa raza especial que no descansa ni deja disfrutar de la obra jaleando al artista y a quienes lo acompañan en un olímpico desprecio por el resto de los espectadores. En los Teatros del Canal (Madrid) ha pasado esta desgracia que suele acompañar las actuaciones de los artistas flamencos. Los jaleadores de la fila 10 no cejaron hasta que alguien los mandó callar, pero ellos, erre que erre dándonos la noche.

Galván tiene un amigo imaginario con el que danza y dialoga durante toda la velada; su pantomima o gestualidad, induce a pensar que ese interlocutor está realmente allí, en algún sitio de su invisibilidad dando la contrapartida. Y hay en el artista andaluz una afilada ironía que no perdona a los propios flamencos vernáculos, al espíritu algo rancio del tablao y a los tópicos que inevitablemente han ido adornando el baile. Es como si en Galván hubiera alguna sed de venganza con su propia herencia y sus saberes, hollando sin piedad y con firmeza en la progenitura de su oficio, por cierto, muy bien aprendido. Es un monólogo interior que se exterioriza.

Una latente y sostenida característica de su estilo es que en su cuerpo habitan dos partes en un perfecto superpuesto. De la cintura para arriba, es todo heterodoxia en dibujo y dinámica, y de la cintura para abajo, hasta el tacón, es más ortodoxo y menos flexible en sus voluntades expresivas. El genio está en aunar, empastar ambas zonas sin que luzca dicotómico. Para lograrlo, el artista muestra su espléndida cultura (y sentido) del ritmo, su respeto por el compás, alineando los elementos de cosecha propia con lo patrimonial. En esa línea, la progresión elude lo concéntrico (atribuido al baile como un componente básico de lo jondo) y se abre a una expansión dominante, segura en el deambular, donde sigue imperando esa asociación al perfil, a la lateralidad, y donde a todas luces se siente más cómodo que en una frontalidad manifiesta.

La aparente sequedad de la obra no es otra cosa que intencionada limpieza, una búsqueda que implica liberarse de lo accesorio. Sería muy interesante ver La edad de oro sin la presión del suelo con amplificación, lo que da de sí el tacón. Excelente y a la altura de la danza las contribuciones de la guitarra y del cante, llegando a lo exquisito. Las luces, igualmente, ayudan lo suyo a un equilibrio merecedor de todos los elogios. Puede apuntarse que Israel Galván ha madurado su baile, pero sostiene su brío y su asepsia, su geometría afilada y sobre todo, su carácter genuino y particular, lo que ya le ha granjeado un lugar indiscutido en los anales del ballet flamenco, aun quedando por ver, cuánto de fuerte será su impronta y su estela.

fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/12/03/actualidad/1480770812_746875.html

vía Roger Salas – El País

 

 

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