200 años de historia

El amor está en el aire

Flamenconautas, compañía con artistas de doce nacionalidades distintas, estrena la coproducción mexicano-japonesa ‘Vamo’ allá’, una exhibición que da fe a una certeza sabida: el flamenco es una cosa muy grande y muy universal.
Paco Sánchez Múgica Seguir a @PacoMugica

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Flamenconautas, un ilusionante intento de compañía internacional de flamenco, ha puesto de largo su primer proyecto en el marco del XXII Festival de Jerez. Casi como un grito de guerra, Vamo’ allá, el espectáculo pesa más por su carga simbólica y emocional que por lo que finalmente ha significado el contenido de la propuesta en sí, relegada a una exhibición limpia y cuidada de números coreográficos, de piezas de repertorio clásico adaptadas a la época, que se van sucediendo ante nosotros con mayor o menor trascendencia en las individualidades o en los números corales. Sin embargo, solo el hecho de reunir bajo una coproducción mexicano-japonesa a trece bailaoras y bailaores de ocho países diferentes y a ocho músicos de cuatro nacionalidades ya supone en estos tiempos un acto casi de heroicidad. No es solo ya reunir una compañía, lo cual ya entraña riesgo y máxima dificultad, es hacer volar a una taiwanesa o a un brasileño desde sus puntos de origen para que converjan en esta propuesta.

Artistas que, una vez más, lo han dejado todo para ponerse al servicio, cueste lo que cueste, de la llamada del arte, de esa metafórica búsqueda del Vellocino de Oro que ansiaban los argonautas que acompañaron a Jasón por los mares más remotos. Por eso no es de extrañar que al caer el telón y sentir la enorme ovación del público, muchos de los componentes del elenco, comandados por el maestro Javier Latorre, el gran mecenas y bailaor flamenco Shoji Kojima, y Paco López, al frente del libreto, las luces y la dirección escénica, rompieran a llorar. Vicente Escudero, que era vallisoletano, decía que el baile flamenco es una llama donde él buscaba líneas y movimientos para hacer fuego. Como ese palito que frotaban con sus manos quienes descubrieron la primera chispa, el espectáculo, con tanta fricción, con tanta pirueta y escorzo imposible, con tanto derroche físico y sentimental, acaba prendiéndonos por su calidad y sus destellos más originales.

Ocho batas de cola sincronizadas bailando caracoles que acaban prácticamente bailando la haka de los All blacks de Nueva Zelanda. Un zorongo en plan burlesque con el que José Maldonado juega a Fred Astaire con sombrero de ala ancha. Una Karen Lugo espectacular y puro fuego en una danza tribal de la petenera Huasteca —que traza a la perfección ese puente entre la música mexicana y española, confrontando ambos estilos en la misma pieza— que invoca a los ancestros, o escenificando, en el número más conceptual y de mayor calado de la noche, el sacrificio, la disciplina y los tránsitos que encierra esta pasión singular de la que son devotos. Una Yuka Imaeda convertida en estrella flamenca en su país que es capaz de asombrar (y pellizcar) abriendo la boca por La Paquera, respirando pureza y sonando a cante añejo. Y es curioso porque al escucharla por fandangos o bulerías, o en ese alioleanda inmortal, uno ya no sonríe por lo exótico de la situación, sino como signo de admiración. Y todo interconectado por una banda sonora original muy equilibrada al conjugar los acordes más clásicos con las melodía más contemporáneas… y así va sucediendo con casi todo lo que plantea esta bella carta de amor al flamenco escrita desde muchas latitudes, o desde otra galaxia, o directamente desde las estrellas. ¿Sentiste el amor que estaba en el aire?, preguntaba aquella serenata espacial de Steve Miller Band. Idéntica pregunta plantea este Vamo’ allá, edificado con los cimientos de la pasión. Y sí, claro que lo sentimos.

Escrita en un lenguaje que podría parecer babélico, pero que finalmente se hace inteligible seas de donde seas. Al margen de los homenajes metafóricos a Carmen Amaya, Pericet, Pilar López; de un cierre que combina la bulería de Cádiz con la de Jerez —como queriendo también unir dos mundos a la vez tan cerca y tan lejos—; y de un Latorre que, más allá del espacio vacío, alza un brazo y nos lanza hasta el infinito y más allá, la producción da fe de la certeza que ya se sabía: el flamenco es una cosa muy grande. Y muy universal. Con apenas 200 años de historia documentada, pero con unas raíces que lo convierten en la que, probablemente, sea una de las manifestaciones sociales y culturales más mestizas y globales, fruto del contagio y las migraciones, de la transmisión oral y los rituales étnicos, estamos ante un arte sin cuna, nutrido por los siglos de los siglos. Un arte que no es de nadie y es de todos y que es capaz de poner de acuerdo a gente de los puntos más remotos del mundo bajo el lenguaje único del amor, el único capaz de edificar puentes antes que muros.

Flamenconautas. Compañía Internacional de Flamenco. Lugar: Teatro Villamarta. Día: 27 de febrero de 2018. Aforo: Lleno. Dirección artística y coreografía: Javier Latorre. Dramaturgia, iluminación y dirección escénica: Francisco López. Dirección musical: Flavio Rodrígues. Músicas: Flavio Rodrígues, Alfonso Aroca, Sergio de Lope. Coreógrafos invitados: Gala Vivancos, Chloé Brulé, Karen Lugo, José Maldonado, Shoji Kojima. Colaboración especial: Shoji Kojima, Javier Latorre. Artistas invitados: Yuka Imaeda, Juan Gómez ‘Chicuelo’. Bailarines/as: Ana Chiu, Ana Latorre, Carmen Coy, Ekaterina Tsvetkova, Fabio, Rodrígues, Felipe Clivio, Gabriel Matias, Irene Correa, José Maldonado, Karen Lugo, Natalia Zaykova, Pablo Egea, Stacy Liao, Jesús Perona. Guitarras: Flavio Rodrígues, Tino Van Der Sman. Cante: Londro, Cristo Cortés. Piano: Alfonso Aroca. Vientos: Sergio de Lope. Percusión: Perico Navarro.

Fuente: https://www.lavozdelsur.es/el-amor-esta-en-el-aire

Fotografias: Manu García @manu_garcia_foto

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